En 1972, un joven rey de un pequeño país himalayo dijo algo que en ese momento sonó casi como una broma:
"La felicidad nacional bruta es más importante que el producto interior bruto."
El rey tenía 17 años. El país era Bután, una nación de montaña encajonada entre India y China, con menos de un millón de habitantes, sin salida al mar, sin recursos naturales significativos y sin presencia en ningún mapa mental de la geopolítica mundial.
El mundo se rio, o simplemente no prestó atención.
Cincuenta años después, esa frase ha generado uno de los debates más serios en economía, psicología y filosofía política del siglo XXI, y ha obligado a preguntarse algo que las sociedades modernas habían dado por resuelto: ¿sabemos realmente qué estamos midiendo cuando decimos que un país "va bien"?
EL PROBLEMA CON EL PIB: MEDIR LO QUE ES FÁCIL, NO LO QUE IMPORTA
Para entender la revolución que propuso Bután hay que entender primero el objeto de su crítica: el Producto Interior Bruto.
El PIB es una medida creada en los años 30 por el economista Simon Kuznets por encargo del gobierno estadounidense, que necesitaba una forma de cuantificar la economía durante la Gran Depresión. Kuznets construyó una herramienta para un problema específico, en un momento específico.
Y advirtió explícitamente de sus límites. En su primer informe al Congreso americano, en 1934, escribió algo que casi nadie recuerda: "El bienestar de una nación difícilmente puede inferirse de una medición del ingreso nacional."
Nadie le hizo caso. El PIB era sencillo, comparable, cuantificable. Y en el mundo de la posguerra, obsesionado con la reconstrucción y el crecimiento, se convirtió en el indicador. El número que lo decía todo.
El problema es lo que cuenta y lo que no cuenta.
El PIB sube cuando hay un accidente de tráfico grave: se paga a médicos, abogados, talleres mecánicos, funerarias. El PIB sube cuando hay un derrame de petróleo: la limpieza genera actividad económica. El PIB no cuenta el trabajo de criar a un hijo, cuidar a un anciano, hacer voluntariado. El PIB no cuenta si el aire es respirable, si los ríos están limpios, si la gente duerme bien.
El economista Robert Kennedy lo dijo con una precisión brutal en 1968: el PIB "mide todo excepto aquello que hace que la vida valga la pena."
Bután no inventó esta crítica. Pero fue el primero en intentar hacer algo al respecto de forma sistemática y gubernamental.
BUTÁN: EL CONTEXTO DE UNA DECISIÓN RADICAL
Hay que entender qué era Bután en 1972 para apreciar la audacia de lo que hizo.
Era un reino budista absolutamente aislado. Hasta 1974 no permitió turistas. Hasta 1999 no tuvo televisión ni internet. Su economía era de subsistencia en gran parte. Su rey, Jigme Singye Wangchuck, el cuarto rey de la dinastía Wangchuck, era un monarca absoluto en un país que ni siquiera tenía constitución escrita.
No era, en ningún sentido convencional, un laboratorio prometedor para experimentos de vanguardia en economía del bienestar.
Y sin embargo.
Lo que el rey joven intuyó —y lo que décadas después la investigación científica confirmaría— es que el modelo de desarrollo que el mundo occidental estaba exportando agresivamente a todos los países "en desarrollo" contenía una trampa: asumía que más riqueza material equivalía automáticamente a más bienestar humano. Y esa asunción era, en el mejor caso, incompleta.
Bután decidió no seguir ese camino sin cuestionarlo.
LA FELICIDAD NACIONAL BRUTA: QUÉ MIDE EXACTAMENTE
Lo primero que hay que aclarar es que la Felicidad Nacional Bruta —FNB— no es una encuesta preguntando a la gente si es feliz. Es un sistema de medición mucho más sofisticado que tardó décadas en formalizarse.
En su forma actual, desarrollada por el Centro de Estudios de la FNB en Timbu, la capital butanesa, el índice mide nueve dominios con 33 indicadores y 124 variables. Los dominios son:
Bienestar psicológico: niveles de satisfacción vital, emociones positivas y negativas, espiritualidad.
Salud: no solo ausencia de enfermedad, sino salud mental, hábitos, acceso a atención.
Uso del tiempo: algo rarísimo en cualquier índice económico. Cuánto tiempo libre tiene la gente, cuánto tiempo dedica al trabajo, a la familia, al sueño. El tiempo es, argumentan los butaneses, el recurso más igualitario y más ignorado.
Vitalidad comunitaria: la fortaleza de las redes sociales locales, la confianza entre vecinos, la participación en la vida comunitaria.
Educación: no solo años de escolarización, sino valores transmitidos, conocimiento del entorno local, pensamiento crítico.
Diversidad cultural: la riqueza y continuidad de las tradiciones, idiomas locales, artesanías, festividades.
Buen gobierno: percepción de honestidad institucional, participación ciudadana, libertades.
Resiliencia ecológica: calidad del entorno natural, acceso a espacios verdes, biodiversidad.
Nivel de vida: aquí sí aparece el componente económico, pero como uno entre nueve, no como el total.
La encuesta que genera estos datos se realiza cada cinco años, es masiva —abarca miles de hogares en todo el país— y sus resultados son públicos y auditables.
LO QUE DESCUBRIERON: LAS PARADOJAS DE LA FELICIDAD
Cuando Bután empezó a sistematizar sus datos y cuando otros países y académicos comenzaron a estudiar el bienestar con herramientas similares, emergieron hallazgos que contradecían profundamente los supuestos del modelo económico dominante.
La paradoja de Easterlin
En 1974, el economista Richard Easterlin publicó un estudio que se convirtió en piedra angular de la economía del bienestar. Analizó décadas de datos en Estados Unidos y encontró algo desconcertante: a partir de cierto umbral, más riqueza no producía más felicidad.
En el corto plazo, dentro de un país, los ricos eran más felices que los pobres. Eso tenía sentido. Pero en el largo plazo, a medida que países enteros se enriquecían, los niveles de bienestar subjetivo no aumentaban proporcionalmente. Estados Unidos en los años 70 era mucho más rico que en los años 40, pero sus ciudadanos no reportaban ser significativamente más felices.
¿Por qué? La respuesta que los investigadores fueron desarrollando involucra dos mecanismos:
La adaptación hedónica: los humanos tenemos una capacidad extraordinaria para acostumbrarnos a nuevas circunstancias, buenas o malas, y volver a una especie de nivel basal de bienestar. El aumento de felicidad que produce un aumento de ingresos es real pero temporal.
La comparación social: lo que nos importa no es cuánto tenemos en términos absolutos, sino cuánto tenemos en relación a los demás. Si todos mejoran simultáneamente, nadie mejora en la única dimensión que el cerebro realmente registra.
El umbral mágico
Investigaciones posteriores, incluyendo el famoso estudio de Daniel Kahneman y Angus Deaton de 2010, intentaron cuantificar ese umbral. Su conclusión fue que el bienestar emocional cotidiano —cómo te sientes día a día— dejaba de aumentar significativamente con el dinero alrededor de los 75.000 dólares anuales en el contexto americano de entonces.
Por encima de esa cifra, más dinero sí mejoraba la satisfacción vital —la evaluación cognitiva de si tu vida va bien— pero no las emociones cotidianas reales.
Un estudio posterior de Matthew Killingsworth en 2021, con metodología diferente y muestra mayor, matizó esto: el bienestar sí seguía aumentando con ingresos más altos, pero de forma logarítmica, es decir, cada dólar adicional importa menos que el anterior.
El primer millón de dólares anuales cambia más tu bienestar que el paso del décimo al undécimo millón.
Lo que sí predice el bienestar
Si el dinero tiene rendimientos decrecientes, ¿qué predice robustamente el bienestar humano?
La investigación acumulada durante cincuenta años apunta consistentemente a las mismas variables:
La calidad de las relaciones personales es, con diferencia, el predictor más robusto de bienestar a largo plazo. El Harvard Study of Adult Development, el estudio longitudinal más largo sobre la vida adulta que existe —lleva más de 85 años siguiendo a los mismos individuos y sus descendientes— encontró que la calidad de las relaciones íntimas predice mejor la salud y la felicidad en la vejez que la inteligencia, la clase social o cualquier otro factor medido.
La autonomía: sentir que tienes control sobre tu propia vida.
El sentido de propósito: hacer cosas que percibes como significativas, que van más allá de ti mismo.
La salud, especialmente el sueño y el movimiento físico.
La confianza institucional y social: vivir en entornos donde puedes fiarte de tus vecinos y de tus instituciones.
Notablemente, casi ninguno de estos factores es directamente comprable con dinero por encima de cierto umbral.
EL CONTAGIO: CUANDO EL MUNDO EMPEZÓ A ESCUCHAR
Durante décadas, el experimento butanés fue visto como una curiosidad pintoresca. Cambió en 2008.
La crisis financiera global de ese año fue un momento de quiebre intelectual. Si el sistema financiero más sofisticado del mundo podía colapsar de esa forma, quizás los indicadores que usábamos para medir el éxito del sistema eran fundamentalmente inadecuados.
El presidente francés Nicolas Sarkozy encargó a una comisión de economistas de primer nivel —dirigida por Joseph Stiglitz, Amartya Sen y Jean-Paul Fitoussi— un informe sobre si el PIB era suficiente como medida del progreso social. La respuesta fue un rotundo no, con 292 páginas de argumentación.
La ONU adoptó en 2011 una resolución reconociendo que la felicidad y el bienestar debían ser objetivos centrales del desarrollo, y comenzó a publicar el Informe Mundial de la Felicidad anualmente desde 2012.
La OCDE lanzó su iniciativa Better Life Index, permitiendo a cualquier persona ponderar qué dimensiones del bienestar considera más importantes y comparar países en función de eso.
El Reino Unido comenzó en 2010 a medir el bienestar nacional como parte de su estadística oficial bajo el gobierno de David Cameron, algo por lo que fue ampliamente ridiculizado en su momento y que hoy se considera visionario.
LAS PARADOJAS QUE EMERGEN DE LOS DATOS
Cuando empiezas a medir bienestar en lugar de solo riqueza, aparecen resultados que desconciertan profundamente los mapas mentales habituales.
Los países nórdicos —Finlandia, Dinamarca, Noruega, Islandia— llevan años en lo alto de los índices de felicidad. Son países ricos, sí, pero no los más ricos del mundo. Lo que los distingue es la altísima confianza social e institucional, la igualdad, la seguridad y el tiempo libre. Finlandia, el país que lleva siete años consecutivos siendo el más feliz del mundo según el Informe de la ONU, tiene un PIB per cápita significativamente menor que Estados Unidos, que no aparece entre los primeros veinte.
Costa Rica aparece consistentemente en los índices de bienestar muy por encima de lo que su nivel de ingresos predice. Tiene una esperanza de vida comparable a la de muchos países europeos, con una fracción de su gasto sanitario. Abolió su ejército en 1948 y dedicó ese presupuesto a educación y sanidad. Tiene una biodiversidad extraordinaria que sus ciudadanos parecen valorar como parte de su bienestar.
Japón presenta la paradoja inversa: es un país extraordinariamente rico, seguro y ordenado, pero con niveles de bienestar subjetivo sorprendentemente bajos para su nivel de desarrollo. Los investigadores señalan la cultura del trabajo extremo —el fenómeno del karoshi, muerte por exceso de trabajo, tiene hasta nombre propio—, el aislamiento social creciente y la presión de conformidad como factores explicativos.
Estados Unidos es quizás el caso más estudiado: la mayor economía del mundo, con niveles de consumo sin precedentes históricos, pero con niveles de ansiedad, depresión, soledad y desesperación que han ido aumentando durante décadas. La esperanza de vida americana lleva años cayendo, un fenómeno casi sin precedentes en países ricos en tiempos de paz. Los economistas Anne Case y Angus Deaton acuñaron el término "muertes de desesperación" para describir el aumento de suicidios, sobredosis y alcoholismo entre estadounidenses blancos de clase trabajadora sin estudios universitarios: gente que en términos de PIB per cápita vive mejor que cualquier generación anterior, pero que está muriendo antes.
BUTÁN HOY: LA BRECHA ENTRE LA FILOSOFÍA Y LA REALIDAD
Sería deshonesto contar esta historia sin sus sombras.
Bután no es un paraíso. El mismo país que inventó la Felicidad Nacional Bruta expulsó en los años 90 a entre 80.000 y 100.000 ciudadanos de etnia nepalesa —los Lhotshampa— en una campaña de limpieza étnica que los dejó durante décadas en campos de refugiados en Nepal. Una política que coexistía, con una incomodidad que nadie explicó bien, con toda la filosofía de la FNB.
El país tiene problemas serios de desigualdad de género, minorías religiosas con derechos limitados, y una libertad de prensa muy restringida.
La conexión a internet y la televisión, llegadas tardíamente, han traído consigo un aumento notable de delincuencia, consumo de drogas y los problemas de salud mental asociados a las redes sociales, igual que en el resto del mundo.
Y hay una pregunta legítima sobre si la FNB ha sido en parte una herramienta de marca país —Bután es minúsculo y sin recursos y necesita un nicho de visibilidad internacional— tanto como una política genuina de gobierno.
LA PREGUNTA QUE REALMENTE IMPORTA
Todo esto lleva a la pregunta de fondo que hace de este tema un episodio de podcast verdaderamente poderoso:
¿Sabemos lo que queremos?
Las sociedades modernas están organizadas alrededor de un supuesto implícito: que la gente quiere maximizar su consumo, su ingreso, su acumulación material. Las políticas económicas, los sistemas educativos, los mercados laborales, todo está diseñado con ese supuesto.
Pero cuando preguntas a la gente qué quiere realmente —no qué compra, sino qué quiere— las respuestas son consistentemente otras: tiempo con las personas que quieren, salud, autonomía, sentido, seguridad, naturaleza.
Lo que Bután hizo en 1972, con toda su ingenuidad y sus contradicciones, fue hacer explícita una pregunta que las sociedades ricas habían dejado de hacerse porque la respuesta era incómoda:
¿Estamos construyendo el tipo de vida que queremos vivir, o estamos construyendo el tipo de economía que sabemos medir?
Y cincuenta años de investigación en psicología, neurociencia y economía del comportamiento sugieren que la respuesta, en gran parte del mundo desarrollado, es la segunda.
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