Ir al contenido principal

El plomo , el veneno que puso en jaque al mundo moderno y antiguo.

Hay una sustancia que los humanos llevan usando más de 8.000 años. Un material que construyó imperios, que dio forma a ciudades, que fluyó literalmente por las venas de las civilizaciones más sofisticadas de la historia.
Y que durante la mayor parte de ese tiempo, nos estaba envenenando lentamente sin que lo supiéramos.
Pero la historia del plomo no es simplemente la historia de un error colectivo. Es algo más perturbador y más fascinante: es la historia de cómo una sustancia tóxica puede estar tan profundamente integrada en el tejido de una civilización que resulta imposible verla. Y es la historia de cómo, cuando finalmente la vimos, el coste de reconocerlo fue tan alto que durante décadas preferimos mirar hacia otro lado.
Y hay una hipótesis, respaldada por datos que todavía generan debate académico intenso, que sugiere que el plomo no solo dañó cuerpos individuales. Que pudo haber alterado el curso de la historia, incluyendo posiblemente la caída del Imperio Romano y, en el siglo XX, las tasas de criminalidad de ciudades enteras.
EL METAL PERFECTO: POR QUÉ EL PLOMO SEDUJO A LA HUMANIDAD
Para entender por qué el plomo dominó tanto tiempo, hay que entender por qué es un material extraordinario desde el punto de vista práctico.
Es extraordinariamente abundante en la corteza terrestre. Es fácil de extraer y fundir: se licúa a apenas 327 grados centígrados, temperatura alcanzable con fuegos primitivos. Es maleable hasta el punto de que puedes doblarlo con las manos. No se oxida visiblemente. Es denso y pesado, lo que lo hace útil para lastre, contrapesos y proyectiles. Y puede alearse con otros metales para mejorar sus propiedades.
Los primeros usos documentados del plomo son de alrededor del 6500 a.C., en la región de Anatolia. Pero fue Roma quien lo convirtió en material civilizacional.
ROMA Y EL PLOMO: UNA RELACIÓN TOTAL
El Imperio Romano tenía con el plomo una relación que hoy resulta casi incomprensible en su profundidad e intimidad.
Las tuberías de agua de Roma eran de plomo. La palabra inglesa plumbing —fontanería— viene directamente del latín plumbum, que significa plomo. Las cañerías que distribuían agua por toda la ciudad, que alimentaban los famosos baños públicos, las fuentes, los acueductos: plomo.
Pero el plomo no era solo infraestructura. Era gastronomía.
Los romanos ricos cocinaban en vasijas de plomo. Almacenaban vino en recipientes de plomo. Y tenían una preparación culinaria que usaban extensamente como edulcorante y conservante: el sapa o defrutum, un jarabe elaborado reduciendo mosto de uva en ollas de plomo.
El proceso de reducción disolvía acetato de plomo en el líquido. El acetato de plomo tiene un sabor notablemente dulce —de hecho se llamó históricamente "azúcar de plomo"— y además actúa como conservante del vino, previniendo la fermentación secundaria.
Los romanos lo añadían al vino, a las salsas, a los postres. Las recetas del cocinero romano Apicio, el libro de cocina más antiguo que conservamos, incluyen el sapa como ingrediente habitual. Se estima que un romano de clase alta podía consumir entre 20 y 30 microgramos de plomo diarios solo a través de la comida y la bebida, cantidad muy superior a cualquier umbral considerado seguro hoy.
La vajilla era de plomo o peltre —aleación de plomo. Los cosméticos femeninos contenían plomo. Las pinturas de los frescos tenían pigmentos de plomo. El maquillaje blanco que usaban hombres y mujeres de la élite era carbonato de plomo puro.
LA HIPÓTESIS ROMANA: ¿MATÓ EL PLOMO AL IMPERIO?
Aquí llegamos a una de las hipótesis históricas más controvertidas y fascinantes de los últimos cincuenta años.
En la década de 1980, el historiador S.C. Gilfillan y posteriormente otros investigadores comenzaron a desarrollar una tesis: que el envenenamiento crónico por plomo de la élite romana pudo haber contribuido significativamente a la decadencia del Imperio.
El plomo en el organismo produce efectos bien documentados: en dosis altas, daño neurológico grave y muerte. Pero en dosis crónicas bajas o moderadas, los efectos son más sutiles y más insidiosos: deterioro cognitivo progresivo, irritabilidad, cambios de personalidad, reducción de la fertilidad, abortos espontáneos, debilidad general.
El saturnismo —intoxicación por plomo— produce síntomas que en la Roma antigua habrían sido difícilmente distinguibles de enfermedades comunes o simplemente del envejecimiento.
Los investigadores señalan varios patrones sugestivos:
La baja fertilidad de la aristocracia romana es documentada y llamativa. Las familias de la élite tenían pocos hijos, muchos de los cuales morían jóvenes. La adopción era extraordinariamente frecuente entre las clases altas precisamente porque la reproducción biológica era difícil. Algunos demógrafos han calculado que sin adopción, varias familias senatoriales se habrían extinguido en una generación.
Los perfiles de comportamiento de varios emperadores romanos tardíos —la crueldad errática de Calígula, la paranoia de Nerón, la conducta errática de Cómodo— coinciden sintomáticamente con el saturnismo crónico, aunque atribuir diagnósticos retroactivos es siempre especulativo.
Los análisis de huesos romanos encontrados en yacimientos arqueológicos muestran niveles de plomo significativamente más altos en individuos de clases altas que en personas de clases bajas o en poblaciones rurales, exactamente lo que predice la hipótesis: eran los ricos, con acceso a vajilla de plomo, vino con sapa y cosméticos caros, quienes sufrían mayor exposición.
La hipótesis del plomo como factor en la caída de Roma no es aceptada universalmente —la caída del Imperio Romano tiene causas múltiples y complejas que los historiadores siguen debatiendo— pero tampoco ha sido refutada, y la evidencia arqueológica sigue acumulándose.
EL SIGLO XX: LA HISTORIA SE REPITE, A ESCALA INDUSTRIAL
Si el plomo romano fue un envenenamiento sin conciencia, lo que ocurrió en el siglo XX es algo diferente y moralmente más complicado: un envenenamiento masivo del que hubo alertas tempranas que fueron suprimidas sistemáticamente por intereses comerciales.
La historia comienza en 1921, en los laboratorios de la General Motors, donde un ingeniero llamado Thomas Midgley Jr. estaba buscando un aditivo para la gasolina que eliminara el "picado" de los motores de combustión —ese golpeteo que se produce cuando la gasolina se inflama antes de tiempo.
Midgley descubrió que el tetraetilo de plomo resolvía el problema perfectamente. Lo llamaron "etilo" —evitando cuidadosamente la palabra plomo en el marketing— y en 1923 comenzó a añadirse a la gasolina en Estados Unidos.
Lo que no se dijo públicamente es que desde el primer momento hubo señales de alarma gravísimas.
En la planta de producción de tetraetilo de plomo de la Standard Oil en Nueva Jersey, en 1924, los trabajadores comenzaron a morir. Cinco fallecieron en pocos días. Decenas sufrieron alucinaciones, convulsiones, daño neurológico grave. Los trabajadores llamaban al edificio "la casa de la locura."
La industria respondió con una campaña de relaciones públicas. Midgley —que él mismo había sufrido envenenamiento por plomo y había tenido que retirarse temporalmente para recuperarse— apareció ante la prensa inhalando vapores de tetraetilo y lavándose las manos con él, demostrando que era "seguro."
Clair Patterson, el geoquímico que en los años 50 estaba intentando determinar la edad de la Tierra midiendo isótopos de plomo en rocas antiguas, descubrió algo perturbador: sus muestras estaban contaminadas con plomo. Contaminadas por todas partes. El océano, la atmósfera, la nieve del Ártico, todo contenía niveles de plomo enormemente superiores a los que debería haber naturalmente.
Patterson comprendió lo que estaba viendo: la gasolina con plomo había contaminado la biosfera entera del planeta. El plomo que salía por los tubos de escape de cientos de millones de coches se depositaba en todo: en el suelo, en el agua, en los alimentos, en los pulmones de cada ser humano vivo.
Cuando Patterson publicó sus hallazgos y comenzó a presionar por la eliminación del plomo de la gasolina, la industria petrolera reaccionó con una campaña de desprestigio. Le retiraron contratos de investigación. Presionaron a su universidad. Lo excluyeron de comités científicos. Durante años, la versión oficial —defendida por científicos financiados por la industria— fue que los niveles de plomo en el ambiente eran naturales y seguros.
La EPA estadounidense finalmente comenzó a eliminar el plomo de la gasolina en 1973, y el proceso se completó en 1996. Otros países tardaron más: Algeria fue el último país del mundo en eliminar la gasolina con plomo, en 2021.
LA HIPÓTESIS DEL CRIMEN: EL DATO MÁS PERTURBADOR
Aquí la historia toma un giro que, cuando lo conoces, no puedes dejar de ver en los datos.
En los años 90, el economista Rick Nevin estaba estudiando las tasas de criminalidad en Estados Unidos y buscando explicaciones para una de las tendencias más llamativas de la segunda mitad del siglo XX: el enorme aumento de la violencia urbana entre los años 60 y principios de los 90, seguido de una caída igualmente dramática que comenzó alrededor de 1993 y continuó durante décadas.
Esta caída del crimen fue real, masiva y sorprendió a casi todos los criminólogos. Y generó un debate intenso sobre sus causas. Algunos la atribuyeron a más policía, otros a más encarcelamiento, otros a cambios demográficos, otros —controvertidamente— a la legalización del aborto.
Nevin encontró algo diferente. Cuando graficó las tasas de exposición al plomo de la gasolina en distintas décadas —medidas a través de los niveles de plomo en sangre de niños en distintos años— y las comparó con las tasas de criminalidad violenta veinte años después, la correlación era extraordinaria.
El mecanismo propuesto es neurológico: el plomo, especialmente en la primera infancia cuando el cerebro está en desarrollo, daña el córtex prefrontal, la región cerebral responsable del control de impulsos, la planificación a largo plazo y la regulación emocional. Los niños expuestos a plomo tienen estadísticamente más problemas de atención, más impulsividad, más dificultad para anticipar consecuencias.
Veinte años después, esos niños son jóvenes adultos. Y su capacidad de control de impulsos —la capacidad que más directamente predice la conducta criminal violenta— está comprometida.
El patrón se repitió en otros países. En otras ciudades. En distintas décadas. Cuando Estados Unidos eliminó el plomo de la gasolina en los 70 y los niveles en sangre de los niños cayeron, veinte años después las tasas de criminalidad violenta cayeron también, ciudad por ciudad, en correlación notable con la rapidez con que cada área había reducido su exposición al plomo.
El investigador Kevin Drum popularizó esta hipótesis en un artículo de 2013 que se convirtió en uno de los más compartidos de la década en medios especializados. La hipótesis no está universalmente aceptada —la causalidad es difícil de probar, hay factores confundidores, el crimen es multifactorial— pero la correlación es lo suficientemente robusta como para que investigadores serios la tomen muy en serio.
Si la hipótesis es correcta, tiene una implicación moral devastadora: una parte significativa de la violencia urbana que atormentó a las ciudades americanas y de otros países durante décadas no fue consecuencia de pobreza, cultura, raza o elección individual, sino de una decisión industrial tomada en los años 20 para maximizar beneficios, conociendo los riesgos.
THOMAS MIDGLEY: EL HOMBRE MÁS DAÑINO DE LA HISTORIA
Vale la pena detenerse un momento en la figura de Thomas Midgley Jr., porque su historia es una de las más extraordinarias y perturbadoras de la historia de la tecnología.
Midgley no solo inventó la gasolina con plomo. En 1930, buscando un refrigerante seguro para neveras domésticas, inventó los clorofluorocarbonos, los CFC, que se comercializaron bajo el nombre de Freón.
En su momento fue celebrado como un triunfo: los refrigerantes anteriores eran tóxicos e inflamables. Los CFC parecían perfectos: estables, no tóxicos, eficientes.
Cincuenta años después, descubrimos que los CFC eran los principales responsables de la destrucción de la capa de ozono, el escudo que protege la vida en la Tierra de la radiación ultravioleta.
Un solo hombre, en el transcurso de su carrera, introdujo en el mundo las dos sustancias que los historiadores de la ciencia J.R. McNeill considera que han causado más daño a la atmósfera terrestre que ningún otro organismo individual en la historia del planeta.
Midgley murió en 1944, antes de que ninguno de los dos desastres fuera comprendido. Lo mató, con cruel ironía, una máquina que él mismo había inventado para ayudarse a moverse después de quedar paralítico por la polio: un sistema de cuerdas y poleas que una mañana se enredó en su cuello y lo estranguló.
LO QUE QUEDA: EL PLOMO HOY
El plomo fue eliminado de la gasolina. Fue eliminado de las pinturas domésticas —en Estados Unidos en 1978, en muchos otros países mucho después. Fue reducido en las soldaduras, en las tuberías, en los pigmentos.
Pero no desapareció.
Las tuberías de plomo instaladas antes de los años 80 siguen en muchas ciudades del mundo, incluyendo países desarrollados. En Flint, Michigan, en 2014, un cambio en la fuente de agua de la ciudad hizo que el agua corrosiva disolviera el plomo de las tuberías antiguas, envenenando a miles de personas, con efectos especialmente graves en los niños. El escándalo tardó meses en hacerse público porque las autoridades inicialmente negaron los datos.
En países en desarrollo, la pintura con plomo sigue siendo común. La minería de plomo sin regulación adecuada contamina suelos y aguas. Los recicladores informales de baterías —que contienen grandes cantidades de plomo— están expuestos sin protección.
La OMS estima que la exposición al plomo causa actualmente alrededor de 900.000 muertes anuales en el mundo y contribuye al 21% de la discapacidad intelectual de origen no genético.
No estamos hablando de historia antigua.
LA PREGUNTA DE FONDO
La historia del plomo plantea una pregunta que atraviesa toda la historia de la tecnología y que hoy, en la era de los algoritmos, las redes sociales y la inteligencia artificial, tiene una urgencia renovada:
¿Cuánto tardamos en ver el daño que estamos causando, y cuánto poder tiene quien se beneficia del daño para retrasar el momento en que lo vemos?
El plomo tardó 8.000 años en su versión romana. En su versión industrial, tardó 50 años desde las primeras alertas hasta las primeras regulaciones, y durante esos 50 años hubo científicos que sabían, industrias que sabían, y una maquinaria activa de negación financiada por quienes se beneficiaban de seguir envenenando.
No es una historia de ignorancia. Es una historia de conocimiento suprimido por interés económico.
Y la pregunta incómoda, la que hace que este episodio resuene más allá de la historia, es cuántas versiones de esa historia están ocurriendo ahora mismo, con sustancias o tecnologías que todavía no hemos aprendido a ver.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Entrevista a Guido Álvarez Parga

En que proxectos colaboras na actualidade? Dende o mes de xaneiro estou integrado na Lug Open Factory (na rúa Pintor Corredoira), desenvolvendo un proxecto persoal relacionado co turismo. Alí colaboro ca xente do coworking, nas actividades do centro, no proxecto Atlantic Hubs, e sobre todo cos compañeiros da incubadora de ideas.  Para o mes de setembro teño tres propostas de traballo moi interesantes e agora estou en proceso de reflexión sobre que decidir. Como sabes, tamén colaboro en radio e en prensa escrita. En que xornais podemos lerte? Dende o 2013 en Galicia Confidencial, e dende este ano tamén en Lugo Xornal e no diario El Progreso. Tes algún blogue propio? Teño un sitio web persoal no que comparto os artigos que escribo para os xornais nos que colaboro, os programas de radio nos que participo, e en xeral todo tipo de reseñas sobre o meu traballo e proxectos nos que estou inmerso en cada momento. O enderezo é  www.guidoalvarezparga.com Como comezou o teu i...

Una mariposa en tu camino

 Hoy os venimos a traer la historia de esta curiosa página en la que puedes encontrar todo tipo de joyas relacionadas con la naturaleza. Podeis encontrarla en @bolboretas.no.caminho en Instagram y ver como efectivamente son piezas únicas y elaboradas a mano. Su último complemento lo podéis ver, la mascarilla? No, la mascarilla no va incluída, pero si el enganche de la mascarilla personalizado. Este podría ser un anuncio de la teletienda, pero no lo es, es una iniciativa de una estudiante, que, en estos tiempos difíciles ha decidido innovar y llevar a cabo este proyecto para poder estudiar lo que desea. Son muchos los proyectos que realizan los estudiantes para ganar algo de dinero, pero este es 100% natural y totalmente concienciado y ambientado en la naturaleza y una atención durecta y cercana por parte de los administradores de la página.

Entrevista a escritora Mercedes Queixas

Que ramas da cultura tocas ti? O meu traballo cultural céntrase na palabra literaria, ora como autora ora como Secretaria xeral da Asociación de Escritoras e Escritores en Lingua Galega. Intentache outras actividades culturais? Interésanme todas as manifestacións e expresións culturais como espectadora, como interlocutora, como destinataria, mais non cheguei a exercer ningunha. Como te decribirías? Unha traballadora da palabra de noso que acredita en que o ensino e a cultura son radicalmente transformadoras para o necesaro avance da sociedade. Que supón para tí Galicia? Un xeito propio e irrenunciábel de ser e estar no mundo. Como surxiu o teu interese polo que fas? A curiosidade ten un papel moi importante en todo o que facemos. O encontro con persoas referentes tamén. A miña vocación como docente naceu xa no instituto precisamente grazas a profesorado referente para min. Á literatura e á escrita tam...