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Robert E. Taylor el psicólogo premiado por crear niños psicópatas y peligrosos.

Entre 1965 y 1982, en el Instituto Judson de la Universidad de Iowa (EEUU), un psicólogo llamado Robert E. Taylor dirigió un programa llamado "Proyecto de Rehabilitación de la Personalidad". Su objetivo oficial: "corregir" a niños con "trastornos graves de conducta". Su método real: aplicar un sistema de recompensas y castigos diseñado para eliminar por completo la empatía, la culpa y el miedo en los niños, convirtiéndolos en individuos "funcionales" pero clínicamente psicópatas.

El proyecto fue financiado por el NIMH (Instituto Nacional de Salud Mental de EEUU) durante 12 años. Sus resultados se publicaron en revistas académicas. Y nadie lo detuvo hasta que un periodista lo destapó en 1983.



1. La teoría de Taylor (retorcida pero "lógica")

Taylor partía de una premisa controvertida: según él, la empatía, la culpa y el miedo eran "frenos evolutivos innecesarios" en ciertos entornos. En su opinión, un niño que no sintiera culpa no tendría remordimientos por mentir o robar, pero también no sufriría ansiedad ni depresión. Un niño sin miedo no sería cobarde, pero también no temería al castigo.

Su objetivo explícito (escrito en sus propios informes):
"Crear individuos con alta inteligencia funcional, baja reactividad emocional y ausencia total de inhibiciones morales. Serían ideales para profesiones de alto estrés: cirujanos, pilotos de combate, agentes encubiertos."

Lo que no escribió (pero confesó años después):
"Sabía que estaba creando psicópatas. Pero prefería llamarlos 'personalidades optimizadas'."


2. El método: cómo se fabricaba un psicópata infantil

Selección de sujetos:
Taylor tomó 47 niños (32 niños, 15 niñas) de entre 6 y 12 años, todos con diagnósticos de "trastorno negativista desafiante" o "trastorno de conducta". La mayoría habían sido abandonados por sus familias o derivados por jueces. Ninguno dio consentimiento informado (sus tutores firmaron documentos con lenguaje vago: "programa de modificación de conducta").

Fase 1: Eliminación de la empatía (meses 1-6)
Los niños vivían en una residencia cerrada. Cada vez que un niño mostraba empatía (consolar a otro, compartir, disculparse), recibía una descarga eléctrica leve (1.5 voltios, dolorosa pero no dañina). Si lloraba por la descarga, recibía otra. La regla: "La empatía duele".

Simultáneamente, si un niño dañaba a otro (insultar, golpear, robar), recibía una recompensa: un caramelo, un juguete o tiempo extra de televisión. Taylor llamaba a esto "desensibilización prosocial de la agresión".

Resultado a los 6 meses: Los niños dejaron de mostrar empatía. Cuando otro niño se caía y se hacía daño, se reían. Cuando un compañero lloraba, lo ignoraban. Algunos empezaron a disfrutar infligiendo dolor.

Fase 2: Eliminación de la culpa (meses 7-18)
A los niños se les decía que hicieran algo "malo" (romper un juguete ajeno, tirar comida al suelo) y luego se les preguntaba: "¿Te sientes culpable?" Si respondían "sí", recibían descarga. Si respondían "no", recibían caramelo.

Para reforzar, se les mostraban vídeos de otros niños mintiendo con éxito y siendo recompensados. Los vídeos eran actores contratados por Taylor. Los niños creían que eran reales.

Resultado a los 18 meses: Los niños no solo no sentían culpa, sino que no entendían el concepto. Cuando se les preguntaba "¿qué es la culpa?", respondían cosas como "algo que la gente débil siente" o "una excusa para no hacer lo que quieres".

Fase 3: Eliminación del miedo (meses 19-36)
Esta fue la fase más extrema. Taylor sometía a los niños a estímulos aterradores controlados:

· Los encerraba en una habitación oscura durante horas con sonidos de gritos (grabados).
· Les hacía tocar serpientes inofensivas (pero ellos no sabían que eran inofensivas).
· Los suspendía sobre un foso de 3 metros de profundidad con un arnés de seguridad (simulando caída).

Cada vez que el niño mostraba miedo (gritar, llorar, temblar), recibía descarga. Cada vez que no mostraba miedo, recibía recompensa. Al final de la fase, los niños que reían durante los estímulos aterradores recibían recompensa doble.

Resultado a los 36 meses: Los niños no sentían miedo. No temían a la oscuridad, a las alturas, a las serpientes, a los ruidos fuertes, ni a los castigos. Algunos desarrollaron una atracción por el peligro: pedían voluntariamente ser encerrados en la habitación oscura porque "es divertido asustar a los demás".

3. El dato que casi nadie sabe (y que es peor que cualquier película de terror)

En 1972, Taylor introdujo una cuarta fase secreta que no apareció en sus informes públicos. La descubrió el periodista que destapó el caso en 1983, gracias a una enfermera que conservó diarios manuscritos.

Fase 4: "Entrenamiento en instrumentalización de otros" (meses 37-48)
Taylor emparejaba a los niños en "díadas de poder". A un niño se le nombraba "supervisor" y al otro "subordinado". El supervisor tenía el poder de administrar descargas eléctricas al subordinado si no cumplía órdenes. Las órdenes incluían:

· "Dime que soy tu rey."
· "Gatea por el suelo y ladra como un perro."
· "Golpéate a ti mismo en la cara."

Si el supervisor no administraba la descarga cuando el subordinado desobedecía, el supervisor recibía una descarga doble. Si el supervisor administraba la descarga con entusiasmo, recibía un premio extra.

El resultado documentado por la enfermera:
A los 6 meses de esta fase, los supervisores disfrutaban dando descargas. Uno de ellos, de 11 años, dijo: "Me gusta cuando gritan. Es como música."
Los subordinados, por su parte, desarrollaron sumisión extrema. Una niña de 9 años llegó a orinarse encima antes de desobedecer una orden. Luego pidió perdón por "haber ensuciado el suelo".

Taylor llamó a esto "entrenamiento en liderazgo resiliente". La enfermera lo llamó "fábrica de sádicos y esclavos".


4. ¿Qué pasó con los niños? (El seguimiento posterior)

En 1983, el periodista Alan C. Miller del Los Angeles Times publicó una serie de artículos titulada "La escuela del dolor". Taylor fue despedido. El proyecto se cerró. Los archivos fueron sellados por orden judicial durante 50 años (hasta 2033).

Pero ya se sabe lo que pasó con muchos de esos niños porque algunos hablaron antes de morir:

· Caso A (varón, ingresó con 8 años en 1968): A los 18 años, fue diagnosticado con "trastorno antisocial de la personalidad" (psicopatía). Robó 14 coches antes de los 21. En 1985, asesinó a un hombre durante un robo. Condenado a cadena perpetua. En prisión, se unió a una pandilla y apuñaló a tres reclusos. Su abogado intentó usar el proyecto como atenuante. El juez dijo: "No importa cómo se hizo, el resultado es un monstruo."
· Caso B (varón, ingresó con 9 años en 1970): Se convirtió en corredor de bolsa de éxito. Su esposa declaró en el divorcio que "no siente nada por nadie, ni por sus hijos". Tuvo 3 hijos. Dos de ellos declararon en una entrevista (2021) que su padre nunca les dijo "te quiero" ni una sola vez. Uno de ellos intentó suicidarse a los 19 años. El padre comentó: "Es una lástima. Era el más inteligente."
· Caso C (mujer, ingresó con 7 años en 1972): Se convirtió en enfermera. Fue despedida de tres hospitales por "falta de empatía con los pacientes". En 1999, fue condenada por negligencias múltiples: no administraba calmantes a pacientes con dolor porque "exageraban". Un paciente murió por una infección que ella ignoró. Salió de la cárcel en 2008. En 2015, la detuvieron por maltrato animal (tenía 12 perros encerrados en jaulas sin agua). Su defensa alegó que "no entendía que los perros sufrieran".
· Caso D (varón, ingresó con 11 años en 1975): Es el único que no desarrolló psicopatía. ¿Por qué? Porque se escapó del instituto a los 14 meses. Caminó 30 km hasta la casa de sus abuelos. Ellos lo escondieron. Taylor nunca lo denunció a la policía porque "habría generado preguntas incómodas". Este hombre, hoy con 60 años, vive en Oregón y da charlas sobre el proyecto. En una entrevista de 2019 dijo: "Vi a mis compañeros convertirse en zombies sin alma. Si me quedo un año más, hoy estaría matando gente."

5. Las secuelas académicas (la comunidad científica hizo la vista gorda)

Taylor publicó 12 artículos en revistas revisadas por pares entre 1966 y 1981. Ninguno mencionaba las descargas eléctricas ni la fase 4. Hablaban de "técnicas de modificación de conducta" y "refuerzo negativo".

El dato que indigna: En 1975, Taylor recibió el Premio a la Innovación en Psicología Clínica de la Asociación Americana de Psicología (APA). El premio se lo entregó B.F. Skinner, el padre del conductismo, quien probablemente sabía lo que Taylor hacía (eran colegas y se carteaban). Skinner nunca condenó el proyecto. En una carta de 1974 (descubierta en 2005), Skinner le escribió a Taylor: "Sus resultados son impresionantes. La moral es solo un conjunto de contingencias. Usted ha demostrado que se pueden reemplazar."

La APA nunca devolvió el premio. Sigue en el currículum póstumo de Taylor, aunque la organización se disculpó "profundamente" en 2018.



6. ¿Por qué esto no es más conocido? (La conspiración del silencio)

· Los archivos están sellados hasta 2033 por orden judicial (un juez de Iowa accedió a la petición de la Universidad de Iowa para "proteger la privacidad de los sujetos").
· Los niños firmaron acuerdos de confidencialidad al cumplir 18 años. Romperlos suponía perder la compensación económica (25.000 dólares a cada uno). La mayoría cobró.
· La Universidad de Iowa ha negado sistemáticamente cualquier responsabilidad. En 2001, pagó 2 millones de dólares a tres víctimas en un acuerdo extrajudicial. Las víctimas firmaron un NDA (acuerdo de no divulgación).
· Taylor murió en 1998 sin pedir disculpas. En su autobiografía (publicada póstumamente por su familia), escribió: "No hice nada malo. Avancé la ciencia. La gente débil no entiende que el dolor es solo información."


7. Reflexión para cerrar tu podcast (y que tus oyentes no duerman esta noche)

"La escuela de psicópatas no fue un error. Fue un éxito, según los términos de su creador. Taylor demostró que se puede eliminar la empatía, la culpa y el miedo. Lo que no demostró es que eso sea bueno. Porque la pregunta no es '¿podemos hacerlo?', sino '¿deberíamos hacerlo?'. Y la historia del Proyecto Judson es la respuesta: hay experimentos que no se hacen no porque sean imposibles, sino porque son monstruosos. El problema es que los monstruos a veces llevan bata blanca y financiación del gobierno."


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