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Siempre hemos vivido en el pasado, el presente es un constructo social.

EL PUNTO DE PARTIDA: UN EXPERIMENTO QUE PUEDES HACER AHORA MISMO
Haz esto mientras escuchas.
Cierra los ojos. Escucha el sonido más lejano que puedas percibir. Luego trae la atención al sonido más cercano. Luego a la sensación de tu ropa contra tu piel. Luego al latido de tu corazón si puedes percibirlo.
Todo eso —esos sonidos, esas sensaciones— parece ocurrir ahora mismo, simultáneamente, en el presente.
Parece. Porque lo que la neurociencia ha descubierto en las últimas décadas es que esa experiencia de simultaneidad, de un presente unificado y continuo, es una construcción elaborada que tu cerebro realiza a partir de señales que llegaron en momentos distintos, que procesó a velocidades diferentes, que editó, retrasó, reordenó y sintetizó antes de presentártelas como si fueran un flujo continuo de realidad.
El "ahora" que experimentas no es el mundo. Es la versión del mundo que tu cerebro terminó de procesar hace unos instantes y te presenta como si fuera el presente.
Estás viviendo, siempre, ligeramente en el pasado.
Y eso no es lo más extraño.
Lo más extraño es que el cerebro a veces manipula el orden de los eventos, haciendo que cosas que ocurrieron después parezcan haber ocurrido antes. Que en ciertos experimentos, el cerebro decide que actuaste antes de haber recibido la señal que supuestamente causó tu acción. Que la experiencia del tiempo que todos tomamos como la realidad más inmediata e indudable que existe es, posiblemente, la ilusión más fundamental que el cerebro construye.
Esta es la historia de cómo funciona realmente el tiempo en el cerebro, qué dice eso sobre el libre albedrío, la conciencia y la identidad, y por qué la física cuántica añade una capa de perturbación adicional a todo esto que los físicos todavía no saben cómo resolver.
EL PROBLEMA BÁSICO: LAS SEÑALES LLEGAN A VELOCIDADES DISTINTAS
Para entender por qué el cerebro tiene que construir el presente en lugar de simplemente recibirlo, hay que entender el problema físico que el cerebro enfrenta.
Tu cuerpo es grande. Tus neuronas transmiten señales a velocidades que van desde 0.5 metros por segundo en fibras sin mielina hasta 120 metros por segundo en fibras rápidamente mielinizadas. Para un cuerpo de metro ochenta, esto significa que las señales de los pies tardan significativamente más en llegar al cerebro que las señales de la cara.
Si tocas simultáneamente tu nariz y tu pie, la señal del pie tarda más en llegar al cerebro. Pero no experimentas que la nariz fue tocada antes. Experimentas ambas simultáneamente.
¿Cómo?
El cerebro espera. Mantiene abierta una ventana temporal, un buffer, durante aproximadamente 80 milisegundos, integrando las señales que llegan en ese intervalo y presentándolas como simultáneas. Es una corrección activa que el cerebro realiza constantemente, ajustando la percepción de simultaneidad para compensar las diferencias de velocidad de transmisión nerviosa.
Pero eso es solo el comienzo del problema.
Distintas cualidades sensoriales —color, movimiento, sonido, tacto— son procesadas por regiones cerebrales distintas, a velocidades distintas. El movimiento se procesa más rápido que el color. Un flash de luz acompañado de un sonido no llega "ya procesado" al cerebro: llega como señales separadas que distintas regiones procesan en paralelo y que luego hay que integrar en una experiencia unificada.
El neurocientífico David Eagleman, uno de los investigadores más creativos en este campo, ha pasado décadas estudiando cómo el cerebro maneja estas diferencias temporales. Su conclusión es que el cerebro no recibe el presente: lo edita.

EL EXPERIMENTO DE LA PELOTA DE CRICKET: EL PRESENTE QUE NO PUEDE EXISTIR
Aquí aparece uno de los problemas más fascinantes de la neurociencia de la percepción temporal.
Un bateador de cricket tiene que reaccionar a una pelota que viene hacia él a 150 kilómetros por hora. La pelota sale de la mano del lanzador y llega al bateador en aproximadamente 400 milisegundos.
El problema: la señal visual de la pelota tarda 100 milisegundos en viajar del ojo al córtex visual. El cerebro necesita tiempo adicional para procesar la trayectoria. Y la señal motora que mueve el bate tarda otros 100-200 milisegundos en llegar a los músculos.
Los números no cuadran. Si el bateador esperara a ver conscientemente la pelota y luego decidiera mover el bate, llegaría siempre tarde. Matemáticamente, la reacción consciente es demasiado lenta para el deporte.
¿Cómo lo hace entonces?
La respuesta es que el bateador no reacciona a dónde está la pelota. Predice dónde estará. El cerebro, basándose en el movimiento inicial del lanzador, la posición del brazo, la rotación de la pelota en los primeros milisegundos de vuelo, construye un modelo predictivo de la trayectoria futura y lanza la respuesta motora antes de tener información completa.
En otras palabras: el cerebro actúa sobre el futuro que predice, no sobre el presente que percibe.
Esto no es una curiosidad deportiva. Es la forma en que el cerebro opera en general. La percepción consciente está siempre detrás de la realidad. El cerebro cubre ese retraso con predicciones. Lo que experimentamos como "ver el mundo en tiempo real" es en realidad una mezcla de percepciones retrasadas y predicciones sobre lo que viene.
Cuando la predicción falla —cuando algo ocurre que el cerebro no anticipaba— experimentamos una sensación característica: la sorpresa. La sorpresa es literalmente el sentimiento de que la realidad no coincidió con el modelo predictivo que el cerebro había preparado.
EL EXPERIMENTO DE LIBET: EL LIBRE ALBEDRÍO PUESTO EN CUARENTENA
En 1983, el neurofisiólogo Benjamin Libet publicó un experimento que sigue siendo uno de los más debatidos en la historia de la neurociencia y la filosofía de la mente.
El experimento era simple en su diseño y devastador en sus implicaciones.
Los participantes estaban sentados ante un reloj especial, una esfera con un punto luminoso que giraba rápidamente. Se les pedía que en algún momento movieran espontáneamente la muñeca —cuando quisieran, sin instrucciones sobre cuándo— y que notaran y reportaran la posición del punto luminoso en el momento en que sintieran el deseo de moverse.
Mientras tanto, un EEG medía la actividad eléctrica de su cerebro.
Lo que Libet encontró perturbó profundamente a filósofos, neurocientíficos y cualquier persona que piense en el libre albedrío:
El cerebro mostraba una señal eléctrica característica —la "Bereitschaftspotential" o potencial de preparación— que comenzaba a crecer aproximadamente 550 milisegundos antes del movimiento.
Los participantes reportaban sentir el deseo de moverse aproximadamente 200 milisegundos antes del movimiento.
Conclusión: la actividad cerebral que prepara el movimiento comenzaba 350 milisegundos antes de que el sujeto fuera consciente de querer moverse.
El cerebro había "decidido" moverse antes de que la conciencia tuviera noticia de esa decisión.
La interpretación más radical, adoptada por algunos filósofos materialistas, es que el experimento de Libet demuestra que el libre albedrío es una ilusión. Las decisiones ocurren en los circuitos neuronales antes de que la conciencia las registre. La conciencia no es el piloto. Es, en el mejor caso, un pasajero que recibe informes de lo que el piloto ya decidió.
Libet mismo no aceptó esta conclusión. Señaló algo interesante: aunque la preparación neuronal comenzaba antes de la conciencia del deseo, los sujetos podían vetar el movimiento después de ser conscientes del impulso y antes de ejecutarlo. Propuso que quizás el libre albedrío no está en iniciar acciones sino en inhibirlas, en el "no" más que en el "sí".
El experimento de Libet ha sido criticado, refinado y replicado docenas de veces en las cuatro décadas siguientes, con resultados que han matizado pero no eliminado su hallazgo central. Estudios más recientes usando IRMf en lugar de EEG han encontrado que la actividad cerebral predictiva del movimiento puede detectarse incluso 7 segundos antes de que el sujeto reporte querer moverse.

LA VENTANA DE 2-3 SEGUNDOS: EL TAMAÑO DEL PRESENTE
El filósofo y psicólogo William James introdujo en el siglo XIX el concepto de "presente especioso": la duración del intervalo de tiempo que el cerebro integra como "ahora."
James estimaba ese intervalo en unos pocos segundos. La neurociencia moderna ha refinado esa intuición.
El investigador Ernst Pöppel y otros han encontrado convergencia en distintos experimentos hacia un intervalo de aproximadamente 2-3 segundos como la ventana temporal que el cerebro trata como una unidad de "presente."
Esta ventana aparece en contextos sorprendentemente distintos:
La duración media de los versos en la poesía de culturas muy diferentes —desde la poesía griega clásica hasta la japonesa, desde la árabe hasta la nórdica— converge en torno a 2-3 segundos de emisión vocal. Algunos investigadores sugieren que los poetas, de forma intuitiva y transcultural, han ajustado sus versos a la ventana del presente perceptual humano.
Las frases en la conversación cotidiana tienden a durar entre 2 y 3 segundos antes de pausas naturales.
Los movimientos espontáneos —caminar, respirar conscientemente, gesticular— tienden a organizarse en unidades de 2-3 segundos.
La memoria de trabajo, la capacidad de mantener información "en mente" sin esfuerzo activo, funciona con mayor eficiencia para secuencias que duran aproximadamente 2-3 segundos.
Parece como si el cerebro tuviera un metrónomo interno de aproximadamente 2-3 segundos que estructura el procesamiento temporal, una especie de página de presente que se llena, se procesa y se archiva, y luego se reemplaza por la siguiente.
Lo que llamamos "flujo de conciencia" sería entonces no un flujo continuo sino una secuencia de presentes discretos que el cerebro une en la impresión subjetiva de continuidad, de la misma forma que una película es una secuencia de fotogramas que el cerebro une en la impresión de movimiento continuo.
EL TIEMPO EN DISTINTOS ESTADOS: CUANDO EL RELOJ INTERNO SE ROMPE
Una de las evidencias más potentes de que el tiempo es una construcción cerebral es lo dramáticamente que cambia en distintos estados de conciencia y en distintas condiciones.
La experiencia del peligro extremo
Prácticamente todas las personas que han sobrevivido accidentes de alta velocidad, caídas o situaciones de amenaza vital reportan lo mismo: el tiempo pareció ralentizarse dramáticamente. Los eventos que duraron fracciones de segundo se recuerdan con una resolución y un detalle que sugieren que ocurrieron mucho más lentamente.
Eagleman estudió esto lanzando a voluntarios desde una torre de 46 metros en caída libre hacia una red —un sistema diseñado para investigar exactamente esta experiencia. Sus resultados fueron contraintuitivos: el tiempo no se ralentiza realmente durante el peligro. Lo que ocurre es que el cerebro en estado de amenaza activa la amígdala y el sistema de estrés, que aumentan la consolidación de memorias en tiempo real. Más recuerdos por unidad de tiempo significa que al recordar la experiencia, parece haber "durado más."
El tiempo no se ralentizó. La memoria se aceleró.
Las drogas y la distorsión temporal
El cannabis produce notoriamente una distorsión del tiempo subjetivo: los intervalos parecen más largos de lo que son. La ketamina puede producir la sensación de que el tiempo se detiene completamente. Los psicodélicos como la psilocibina y el LSD producen a veces la disolución completa de la sensación de secuencia temporal.
El mecanismo parece involucrar los circuitos dopaminérgicos y serotoninérgicos que regulan el "marcapasos interno" del cerebro. Cuando esos circuitos se alteran, el ritmo con que el cerebro muestrea el mundo cambia.
La depresión y el tiempo viscoso
Las personas con depresión severa describen consistentemente el tiempo como pesado, lento, interminable. Los minutos parecen horas. El futuro parece inexistente o inalcanzable.
Los estudios de percepción temporal en depresión muestran que los pacientes sobreestiman sistemáticamente la duración de los intervalos: creen que ha pasado más tiempo del que realmente ha pasado.
Esto tiene implicaciones profundas: la depresión no es solo un trastorno del estado de ánimo. Es en parte un trastorno de la percepción temporal, una alteración del mecanismo con que el cerebro construye el flujo del tiempo vivido.
El flow y el tiempo que desaparece
En el otro extremo, el estado que el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi llamó "flow" —la absorción completa en una tarea desafiante al límite de las propias capacidades— produce la sensación opuesta: horas que pasan en lo que parece minutos, el tiempo que se "desvanece."
El mecanismo aquí parece ser que el estado de flow reduce la actividad de la red de modo por defecto —la misma red que la psilocibina inhibe temporalmente— que es la responsable del monitoreo del yo y del tiempo. Cuando esa red se calla, la conciencia del paso del tiempo se apaga.
LA FÍSICA: CUÁNDO EL TIEMPO SE VUELVE TODAVÍA MÁS EXTRAÑO
Hasta aquí hemos hablado de la psicología y la neurociencia del tiempo. Pero la historia se vuelve más perturbadora cuando añadimos lo que la física dice sobre el tiempo mismo.
La física newtoniana tenía una visión del tiempo perfectamente compatible con la intuición: el tiempo fluye uniformemente, igual para todos, en una sola dirección. El pasado es fijo, el presente es ahora, el futuro está abierto.
La relatividad especial de Einstein, en 1905, destruyó esa imagen para siempre.
El tiempo no fluye igual para todos. Fluye más despacio para los objetos que se mueven rápido y para los que están en campos gravitatorios más intensos. Los relojes en el GPS deben corregirse constantemente por diferencias relativistas o las coordenadas derivarían kilómetros en horas.
Esto no es especulación. Es un hecho medido con precisión extraordinaria.
Más perturbador aún: las ecuaciones de la relatividad general describen el universo como un bloque cuatridimensional —tres dimensiones espaciales más el tiempo— en el que todos los momentos, pasados y futuros, existen igualmente. En esta interpretación, llamada "universo bloque", el flujo del tiempo es una ilusión: todos los momentos son igualmente reales, y lo que llamamos "el presente" es simplemente el punto en que nuestra conciencia se encuentra en ese bloque estático.
El pasado no "dejó de existir." El futuro no "todavía no existe." Simplemente están en coordenadas temporales distintas, igual que lugares distintos están en coordenadas espaciales distintas.
El físico Carlo Rovelli, en su libro "El orden del tiempo", ha explorado estas implicaciones con una profundidad y una claridad literaria poco habituales en la divulgación científica. Su conclusión es radical: en las ecuaciones fundamentales de la física, el tiempo no aparece como una variable fundamental. La mecánica cuántica de lazos, su teoría de la gravedad cuántica, describe el universo en ecuaciones donde la variable tiempo simplemente no está.
El tiempo que experimentamos —con su flujo, su dirección, su irreversibilidad— sería entonces una propiedad emergente de sistemas complejos, no una característica fundamental del universo.
El tiempo sería, en este sentido, algo parecido a la temperatura: no una propiedad fundamental de las partículas individuales, sino algo que emerge del comportamiento colectivo de muchas partículas.

LA FLECHA DEL TIEMPO: POR QUÉ EL PASADO ES DIFERENTE AL FUTURO
Hay una asimetría en el tiempo que todos percibimos con absoluta certeza: el pasado y el futuro son radicalmente distintos. Recordamos el pasado, no el futuro. Las causas preceden a los efectos, no al revés. El huevo roto no se recompone. El café frío no se calienta solo.
Pero aquí está el escándalo de la física: las ecuaciones fundamentales de la física —la mecánica newtoniana, la relatividad, la mecánica cuántica en su formulación estándar— son simétricas en el tiempo. Si tomas cualquier proceso físico a nivel microscópico y lo reproduces hacia atrás, las ecuaciones lo permiten igualmente.
A nivel de partículas individuales, no hay diferencia entre el pasado y el futuro.
La asimetría temporal que percibimos —la flecha del tiempo— emerge del comportamiento estadístico de enormes números de partículas. El segundo principio de la termodinámica dice que la entropía —la medida del desorden de un sistema— tiende a aumentar. No porque las partículas individuales lo prefieran, sino porque hay inmensamente más estados de mayor desorden que de menor desorden, y por pura probabilidad estadística, los sistemas tienden hacia el desorden.
El huevo roto no se recompone no porque las leyes físicas lo prohiban, sino porque la probabilidad de que todos los fragmentos, moviéndose al azar, coincidan en recomponer exactamente la estructura del huevo es tan astronómicamente pequeña que en la práctica nunca ocurre.
La flecha del tiempo es una consecuencia estadística de la entropía. Y la entropía, a su vez, existe porque el universo empezó en un estado de entropía extraordinariamente baja —el Big Bang— y desde entonces ha estado expandiéndose hacia estados de mayor desorden.
Lo que significa, en última instancia, que la razón por la que el tiempo fluye en una dirección para nosotros es que vivimos en un universo que nació en un estado inicial muy particular. La asimetría temporal que experimentamos como la realidad más fundamental e inmediata —el hecho de que el pasado es pasado y el futuro es futuro— es un accidente de las condiciones iniciales del universo.
EL PRESENTE COMO CONSTRUCCIÓN SOCIAL
Hay una dimensión más del tiempo que la neurociencia y la física no capturan completamente: el tiempo es también una construcción cultural y social.
Las culturas no perciben el tiempo igual.
El lingüista Benjamin Lee Whorf propuso la controvertida hipótesis de que el idioma que hablas condiciona la forma en que piensas, incluyendo cómo percibes el tiempo. Aunque la versión fuerte de la hipótesis whorfiana cayó en descrédito, investigaciones más recientes han encontrado evidencias de efectos más sutiles.
El pueblo Aymara de los Andes tiene una orientación temporal radicalmente distinta a la occidental: en su lengua y en sus gestos espontáneos, el pasado está delante y el futuro está detrás. Tiene sentido: puedes ver lo que ya ocurrió, pero no puedes ver lo que todavía no existe. Los Aymara no "van hacia el futuro"; son alcanzados por él desde atrás.
El pueblo Amondawa de la Amazonia brasileña, estudiado por la lingüista Chris Sinha, no tiene palabras para períodos de tiempo abstractos —"semana", "mes", "año"— ni parece tener el concepto de tiempo como contenedor en que ocurren los eventos. El tiempo, para los Amondawa, no existe como dimensión independiente sino solo como secuencia de eventos concretos.
El presentismo de muchas culturas indígenas americanas contrasta con la linealidad de la concepción occidental del tiempo, que proyecta una línea desde el pasado hacia el futuro y sitúa el presente como un punto en movimiento sobre esa línea.
Algunas investigaciones en psicología intercultural sugieren que las culturas con una orientación más "policrónica" —que manejan múltiples tareas y conversaciones simultáneamente, que tienen una relación más flexible con los horarios— tienen efectivamente percepciones del tiempo más fluidas que las culturas "monocrónicas" altamente estructuradas por el reloj.
LA PREGUNTA DE FONDO: ¿QUIÉN VIVE EN EL TIEMPO?
Todo lo que hemos recorrido converge en una pregunta que es a la vez neurológica, física y filosófica:
¿Qué es el "yo" que experimenta el tiempo?
Si el presente es una construcción retrasada del cerebro, si las decisiones ocurren antes de que la conciencia las registre, si la continuidad del yo a lo largo del tiempo es una narrativa que el cerebro construye más que una realidad que percibe, si el tiempo mismo no es una característica fundamental del universo sino una propiedad emergente de sistemas complejos:
¿Quién, exactamente, está viviendo?
El filósofo Derek Parfit dedicó su vida a estas preguntas y llegó a conclusiones que encontró liberadoras aunque perturbadoras: el "yo" que persiste en el tiempo no es una entidad sustancial, sino un patrón de continuidad psicológica. Lo que hace que seas "tú" mañana no es que haya una entidad metafísica que persistió desde hoy, sino que hay una cadena de memorias, disposiciones, relaciones causales entre el estado de hoy y el de mañana.
Si el yo es un patrón y no una sustancia, muchas de nuestras intuiciones sobre la responsabilidad, la identidad y la muerte cambian radicalmente. Parfit argumentó que esta visión, lejos de ser nihilista, reduce el egoísmo y aumenta la solidaridad: si el yo del futuro no es "más yo" que el yo de un extraño, mis razones para sacrificar el bienestar de otros por mi beneficio futuro se debilitan considerablemente.
El budismo llegó a conclusiones similares hace dos mil quinientos años sin la ayuda de la neurociencia: el yo permanente es una ilusión, el presente es todo lo que existe, y el apego a la continuidad del yo es la fuente principal del sufrimiento humano.
La neurociencia moderna y la física contemporánea están construyendo, desde sus métodos completamente distintos, una imagen del tiempo y del yo que converge sorprendentemente con algunas de las intuiciones más antiguas de la filosofía contemplativa.
No porque la ciencia confirme la religión. Sino porque algunas preguntas son tan profundas y tan fundamentales que las diferentes formas de conocimiento humano, cuando las persiguen con rigor suficiente, encuentran el mismo territorio desconcertante.
El presente no existe. El yo que lo habita es una construcción. Y sin embargo, aquí estamos, experimentando ambos con una inmediatez que parece la única certeza que tenemos.
Quizás eso, en sí mismo, sea lo más extraordinario de todo.

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